Cuba, el cine y Fernando#
- Capítulo #11 de la serie de Fonoma: “Artistas”
A Fernando Pérez Valdés lo que más le molesta es la doble moral. Entiende la vida desde la justicia, pero sin rigidez… tanto es así que a sus 77 años decidió hacerse su primer tatuaje.
Antes de convertirse en el mejor cineasta vivo de Cuba, Fernando fue un niño católico en Guanabacoa, contador en La Habana Vieja, traductor de ruso en el Ministerio de Obras Públicas, mensajero en el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos, asistente de Titón, documentalista sin penas ni glorias, escritor de un solo libro, director de los Noticieros ICAIC y, quizás, el graduado más veterano de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de La Habana.
Hoy Fernando es un tipo admirado por casi todo el mundo. El casi es porque hay gente para todo, incluso para sentirse incómoda ante alguien como Fernando Pérez Valdés. No parece que él se proponga ser admirado o le dedique mucho tiempo a pensar sobre cómo el mundo percibe su personalidad. Sin embargo, a Fernando lo respetan desde todas las partes porque tiene el don de hacer algo tan sencillo como escaso: ser consecuente. Actúa sin miedo a posicionarse a favor de lo que considera justo, sin temor a buscarse problemas por lo que diga, haga o filme. No tuvo el mérito ni la facilidad de un joven prodigio que estrena tres películas con 25 años, tampoco fue el hijo de un alguien ni el favorecido por caerle bien a otro alguien. El éxito para él fue un proceso. Su vida contiene muchas dudas, complejidades, alegrías y hasta cierto misticismo. Cuando Fernando habla, transmite la confianza de quien no tiene deudas.
1944–1962: “Mi papá me llevaba al cine tres veces por semana”#

¿Cómo fueron sus orígenes?
Tuve una infancia muy feliz y eso se lo debo a mis padres, a ellos les agradezco mucho. Mi mamá era ama de casa y mi papá cartero en Guanabacoa. Mi padre siempre fue una inteligencia perdida porque nunca tuvo la oportunidad de desarrollarla. Le encantaba la astronomía y la geografía. Era un río de curiosidades. Me enseñó mucho con las cosas que me transmitía. Todo eso va siempre conmigo.

¿Cuál fue la primera película que vio? ¿Cómo recuerda ese momento?
Tenía seis años. Mi papá nos desarrollaba mucho la imaginación. Un día en la casita donde vivíamos aparecieron papelitos doblados para mi hermana y para mí, con el texto: “¿Quién es Gerónimo?”. Entonces una tarde nos llevó al cine Ensueño de Guanabacoa y la película se titulaba Gerónimo (I killed Geronimo, 1950). Era un oeste clásico en blanco y negro, donde los soldados blancos se enfrentan a los indios, pero me encantó. A mi hermana no (risas), esa noche no durmió, hubo que darle tilo y todo. A partir de entonces el cine se convirtió en un entretenimiento. Me encantaba ir con mi papá, quien me llevaba tres veces por semana.

Algo poco conocido sobre su vida es que estudió técnico en Comercio, ¿en qué escuela se graduó?
En los mismos Escolapios. Tenía la posibilidad de hacer el Bachillerato para entrar en la universidad, pero eran cinco años y quería ayudar en la casa. Lo más rápido era el técnico medio y en Comercio aprendí de contabilidad, tenedor de libros, etc. Al graduarme, comencé a trabajar en la Contadora Mercantil en La Habana Vieja.
1963–1974: “Le dije a Titón que renunciaba, que yo no servía para esto”#

¿Qué recuerda de sus inicios en el ICAIC?
Fue en 1962, en plena Crisis de Octubre, cuando pude aplicar para entrar en el ICAIC. Llegué al octavo piso e inmediatamente me dijeron: “Ya estás trabajando, ve al hotel Riviera que ahí está la oficina de producción de Para quién baila La Habana (1963)”. Yo era –y sigo siendo– muy tímido. Fui con mi carpetica bajo el brazo y me recibió Juan Vilar, que era el productor. Recuerdo que estaba Odalis Fuentes en maquillaje, casi en paños menores (risas). Me pusieron a trabajar inmediatamente sin explicarme nada.
Todo el tiempo estaba resolviendo cosas de producción y casi no vi el rodaje, pero ya estaba en el cine, que para mí era lo más importante.

Estudió Literatura Hispanoamericana en la Universidad de La Habana, ¿en qué año se graduó?
Bueno, me vine a graduar… eso es una historia muy larga, mi vida es complicada… ¿te la cuento? (risas). Es un tremendo enredo.
Cuando era Asistente de Producción C en el ICAIC, que en realidad era mensajero, me dijeron: “Si quieres ser director de cine debes tener una carrera universitaria de Humanidades”.
Me presenté al examen de aplicación en la universidad. Eso es otra historia: algo me protegió y todas las preguntas que me salieron eran justo las que había estudiado el día anterior. Fue un regalo de la vida. La universidad la pasé trabajando en el ICAIC. Tuve los mejores profesores: Beatriz Maggi, Dolores Nieve, Camila Henriquez Ureña, Mirta Aguirre, Roberto Fernández Retamar.
En 1970 estaba a punto de graduarme, pero en el ICAIC me dicen que ya debo empezar como asistente de dirección, porque había dos súper producciones: Una pelea cubana contra los demonios (1972), de Tomás Gutiérrez Alea, y Los días del agua (1971), de Manuel Octavio Gómez. Me ubicaron en la de Titón y esa fue mi entrada grande en el cine.
Entonces no pude hacer los exámenes para terminar la universidad. Al año siguiente me tocaba finalizar la carrera, pero me fui a hacer Girón (1974), con Manuel Herrera. Fueron como cinco años que, cada vez que iba a graduarme, aparecía algo (risas).
La doctora Dolores Nieve me dijo que había sido buen alumno, que tenía que graduarme, y en tres días seguidos me hicieron exámenes de las asignaturas que me faltaban. Pude graduarme, incluso me subieron el salario, pero nunca recogí el título. Mi mamá me decía: “Hijo mío, el título es importante, ve a recogerlo”, y yo siempre le respondía: “Eso es un papel que no me hace falta, ¿quién me lo va a pedir?”.
Más de 20 años después, me piden el título para una maestría. Fui a buscarlo y no aparecía como graduado. Gracias a varios que estudiaron conmigo, y que en ese momento eran profesores reconocidos en la universidad, pude hacer un examen para obtener el título. Rogelio Rodríguez, que era el decano y había sido compañero mío, me dijo: “ya tienes una obra cinematográfica, entrega un guión como prueba final”. Así fue que realmente me pude graduar, casi 30 años después de iniciar la carrera.

¿Cómo lo marcó haber sido asistente de dirección de Gutiérrez Alea?
Titón era el rigor, pero no la disciplina estricta, porque era un ser humano muy abierto y sensible, era la exigencia por hacer las cosas bien.
En Una pelea cubana contra los demonios tenía obsesión con el vestuario porque quería que tuviera la huella del tiempo, las marcas del uso. En aquella época las maneras de envejecerlo eran muy elementales. Yo era el asistente de dirección que se ocupaba del vestuario y tenía esa responsabilidad sobre mis hombros. Después de meses de búsquedas, se encontró la posibilidad de hacer el vestuario del pueblo con una tela de loneta. Estuve más de 20 días en un taller de costura en Marianao. Cuando pensaba que ya estaba listo le dije a Titón que fuera a verlo. Llegó, se paseó por todo el taller y dijo: “Me tengo que ir para una reunión, pero esto no es lo que queremos”. Para mí… (se le entrecorta la voz) eso fue… pensé que no servía para eso porque para mí estaba bien.
Lo esperé a la mañana siguiente. Titón llegaba muy temprano siempre –eso es algo que yo también tengo–, se sorprendió al verme. En su oficina empecé a decirle que renunciaba, que yo no servía, que no entendía cómo hacerlo. Él solo me miraba y al final me respondió: “Bueno, vete si tú quieres, pero te voy a decir una cosa: yo tampoco sé cómo hacerlo. Si quieres compartir conmigo esa búsqueda, quédate”. Eso a mí nunca se me olvidó. El cine es una búsqueda en la que uno tiene que empeñarse hasta el final y tratar de hacerlo. Por supuesto, me quedé. La enseñanza de Titón siempre va conmigo.
1975–1987: “Fui como soldado a filmar la guerra”#

Hay una etapa intermedia de su vida que es menos conocida: los años 70 y 80. ¿Cómo era Fernando Pérez antes de Clandestinos?
Era un Fernando Pérez que estaba tratando de encontrarse a sí mismo como cineasta. El Noticiero ICAIC y los documentales me sirvieron de mucho. Mientras Daniel Díaz Torres y Rolando Díaz hacían tres documentales, yo apenas terminaba uno.
En esa época había evaluación y te calificaban como cineasta A, B o C con puntuación en base a cien. Yo era un cineasta de 82 puntos (risas) y por eso ganaba menos salario.
Sentía que no me había encontrado a mí mismo. Te pongo un ejemplo: hice el documental Mineros (1981), luego de ir con Raúl Pérez Ureta a Minas de Matahambre por el Noticiero ICAIC. Nos gustó mucho como atmósfera y Raúl me dijo: “Aquí hay que hacer un documental”. Me motivé y regresamos para filmar en colores. Raúl hizo unos planos buenísimos del subterráneo, con un calor horrible. Sentí que podía ser un documental con imagen y sonido nada más, pero no me atreví. Hice entrevistas a los mineros y al final quedó un documental de estilo muy clásico. No era algo que sintiera. Me faltaba encontrar mi manera personal.
Quería llegar a la ficción, de hecho en mis últimos documentales, por ejemplo en Camilo (1982) y Omara (1983), yo reconstruía muchas cosas. Hice como una fotonovela de toda la infancia de Omara Portuondo porque quería acercarme más al mundo de la ficción.
También era un Fernando Pérez en una realidad que, con todas las tensiones del Quinquenio Gris, ya era distinta a la de los años 60. Desde lo personal, la viví con mucha intensidad y contradicciones, con un tumulto de sentimientos que crearon dentro de mí el abono para todo el cine de ficción que he hecho.

¿Qué experiencias rescata de su etapa en el Noticiero ICAIC y el trabajo con Santiago Álvarez?
Santiago, que era muy dinámico y abierto, quería que el Noticiero ICAIC fuera como un taller e incorporó a gente joven. Daniel Díaz Torres y Rolando Díaz, con quienes compartía todas las inquietudes sobre cine, empezaron a trabajar en el Noticiero y me animaron para unirme al equipo.
El Noticiero ICAIC fue mi verdadera escuela. Tenía que enfrentarme a aprender un nuevo lenguaje, a decidir rápido cómo y dónde poner la cámara. Me costó trabajo porque me siento más cómodo en la ficción que en el documental. No fui un buen documentalista, ni mis noticieros fueron los mejores.
A Santiago le debo su ética. Cuando se empezaron a hacer los noticieros críticos, comenzaron las quejas, pero en situaciones difíciles Santiago nunca nos quitó su apoyo. Siempre defendió la libertad de expresión dentro de las normas del Noticiero, por eso digo que es como un padre cinematógrafo para mí.
Otro aspecto poco conocido de su carrera es su experiencia como escritor. En 1982 ganó el premio Casa de las Américas en la categoría de Testimonio por Corresponsales de guerra. Cuéntenos sobre el libro, el proceso de creación y la repercusión que tuvo.
A mí me gusta escribir, pero me cuesta mucho trabajo. Me siento ante la página en blanco y puedo estar ahí mucho rato. Luego salgo a caminar y se me ocurren las ideas (risas).
Antes de estar en el Noticiero ICAIC –esto es una experiencia que yo nunca he contado–, a Rolando Díaz y a mí nos escogieron para ir a Angola como corresponsales de guerra y nos hicieron un entrenamiento militar. Fuimos como soldados a filmar la guerra. Estuvimos seis meses en Cabinda, después en el resto de Angola. Fue una experiencia que me reafirmó muchas cosas en la vida: vi la miseria de verdad, el coloniaje, la muerte, la violencia. Me preguntaba en qué mundo vivo… Ver que estaba hablando contigo y a los cinco minutos ya eras un cadáver porque explotó una mina.
Hice un documental llamado Cabinda (1977), pero no quedó muy bueno. La historia no la podía contar en cine porque era demasiado larga. Entonces entrevisté a todos los camarógrafos que estaban allá sobre sus historias de vida para hacer un libro. Sin embargo, empecé a trabajar en el Noticiero ICAIC y como era tan finalista me retrasé demasiado. Finalmente nunca lo publiqué.
Cuando triunfa el Sandinismo en Nicaragua (1979) me mandaron por el Noticiero para allá y encontré a jóvenes latinoamericanos que tenían la misma experiencia como corresponsales de guerra. Le hice entrevistas a todos y era como una película, porque me contaron historias de vidas desde que eran niños. Eran un puertorriqueño, dos nicaragüenses y un colombiano. Así fue como surgió el libro: escrito en viñetas a partir de esos testimonios. Lo envié a la Casa de las Américas y le dieron el premio. Me gustó mucho hacerlo, aunque nunca más lo he vuelto a leer.

¿Hoy es posible conseguir su libro?
Hasta yo me quedé sin el libro y fue Rolando Díaz quien me regaló uno. Sé que hicieron una edición mínima en Ecuador. La Casa de las Américas lo tiene, pero no lo ha reeditado nunca. Creo que a un joven le puede interesar por las historias de vida que se cuentan y por esa imagen de lo que fue el Sandinismo.
No he vuelto a Nicaragua, pero por lo que he leído ya no es esa Nicaragua. Eso tiene que ver mucho con la evolución de los procesos sociales y revolucionarios: al final la mayoría corren el riesgo de convertirse en dogmáticos, burocráticos; donde el poder pasa a ser más importante que la dimensión real de lo que se está haciendo.
¿Alguna vez pensó en volver a escribir literatura?
Todos los días lo pienso, pero no lo logro (risas). La primera vez que entré en el museo Reina Sofía de Madrid y vi el Guernica de Picasso me quedé inmóvil porque empecé a sentir la banda sonora del cuadro, los gritos, las explosiones, era como vivir dentro de una película. Esa emoción intenté escribirla, pero la tengo por la mitad (risas). Los guiones también me demoran mucho. Todos los días quisiera escribir, pero me sale espuma, como decía César Vallejo.
1988–2022: “Quiero que ‘Nocturno’ sea un testimonio de mi actitud frente a Cuba”#

¿Cómo cambió su vida después del estreno de Clandestinos?
Clandestinos (1988) fue encontrarme. No sabía si podría hacer una película. Te juro que la filmé con esa sensación siempre. Todavía no se me ha quitado. Pero ya con la experiencia profesional sé que no siempre bateas de hit, también te puedes ponchar.
En esa época trabajabas con el negativo y el positivo sin ver la copia final hasta que ibas al laboratorio. Al verla me gustó, pero estaba tan tenso que tenía la impresión que no había durado una hora. Lo que me convenció fue que la proyectista estaba llorando porque se había emocionado.
Al estreno en el cine Chaplin fui un poco más confiado. La sala estaba llena y me senté atrás. Cuando quedaban 10 minutos para el final se fue la luz, ¡tremendo apagón! Parte del público se fue y cuando vino la luz ya no era lo mismo. La recepción en ese momento no fue buena y pensé: “¡Ay mi madre, parece que tampoco lo logré con la película!”. Pero luego al público sí le gustó. A partir de Clandestinos ya sentía que podía caminar.
Hello, Hemingway (1990) fue una película en tono menor porque sentí que tenía la capacidad para narrar cinematográficamente una historia, pero de manera clásica. Siempre me ha interesado el cine metafórico, con un lenguaje más simbólico y subjetivo. A partir de Madagascar (1994) intenté hacerlo y dije: “Bueno ahora sí puedo lanzarme”.
El crecimiento ha sido lleno de preguntas y dudas. A todo le pongo un signo de interrogación para convertir cada hecho creativo en un riesgo.
Luego de la experiencia en Chile, donde dirigió la serie Y si fuera cierto (1996), ¿nunca se planteó trabajar más en la televisión? ¿No le interesó dirigir series o telenovelas?
Hay una novela de Jesús Díaz que la recomiendo: Las iniciales de la tierra (escrita en 1973, publicada en 1997). Es magnífica, pero se demoró mucho en que la publicaran porque es una historia bien fuerte de este país en la Revolución. El autor es un escritor cubano muy controvertido, al que muy pocos conocen porque la historia le ha pasado por arriba.
En los 90 quise hacer una serie sobre esa novela y se lo planteé a la televisión cubana. Me dijeron que sí. Jesús estaba en una beca en Alemania, le escribí y dijo que él me daba todos los derechos. En aquella época el dinero no importaba tanto (risas), hoy en día el dinero… hasta yo, si no me pagan no hago nada, pero antes no era tan así.
Escribí los primeros tres capítulos, pero Jesús se quedó y la televisión ya no quiso hacerlo. Tengo guardado esos guiones, es una serie que se puede filmar perfectamente.

¿Cuánto cambió su vida luego del estreno de Suite Habana?
La vida me ha regalado muchas cosas y Suite Habana (2004) es uno de esos regalos. Nunca pensé hacer esa película. No es un proyecto generado por mí.
Después de La vida es silbar (1998), que me gustó mucho, tenía escrito el guion de Madrigal (2007), pero el productor (José María Morales) no me había respondido. Él vino a La Habana a un festival y me dijo “Madrigal me interesa, pero no para ahora. Te traigo el proyecto de hacer un documental sobre La Habana para la televisión”.
Me costaba mucho trabajo volver a hacer un documental después de años en la ficción. Fui reticente, le pedí varios días para pensarlo bien y al final decidí hacerlo porque pensé: “Este puede ser mi desquite, voy a hacer un documental sin entrevistas ni diálogos”. Justo lo que no había hecho en Mineros.
Había visto Koyaanisqatsi (1982) y Powaqqatsi (1988), de Godfrey Reggio, que son obras maestras del cine documental sin ningún texto, y me puse esa varilla alta.
Al principio la idea era hacer un documental sin individualidades. Avancé bastante, pero sabía que faltaba algo. Entonces fue cuando empezamos a buscar historias, que algunas ya las conocía.
La vida nos regaló esos personajes, todavía nos comunicamos con algunos de ellos, se entregaron a la filmación sin pedir absolutamente nada. Son unos seres humanos maravillosos y eso está recogido en la película.
El documental originalmente tenía que durar una hora, cuando ya llevaba una semana de rodaje me llamó José María: “Fernando tengo una noticia buena y otra mala: el proyecto ya no va para la TV, pero voy a seguirlo contigo. Vamos a hacerlo para cine y tiene que durar 80 minutos”. Le respondí: “¡Estás loco si yo no sé si llegaré a una hora!”. Él insistió hasta que me convenció. Pensé hacer el corte de director de una hora y el otro para el cine.
Empezamos a editar las historias por separado para saber qué expresaba cada una antes de entrelazarlas. Finalmente, cuando las unimos… ¡eran 80 minutos exactos! Eso fue mágico.
Después pensaba que sería una película para que no la viera mucho público: sin acción dramática evidente, sin diálogo. En esa época tenía mucha obsesión porque los cines se habían deteriorado, yo pensaba que la gente entraba en el cine para coger aire acondicionado porque la pantalla en realidad no se veía. Pedí que la pusieran en el Chaplin, las demás salas estaban demasiado malas. Para mi sorpresa la gente empezó a ir.
Con la película hubo mucha reticencia, pero nunca la prohibieron. En la televisión la pusieron años después con una introducción de Eusebio Leal.
Entonces para terminar de responder la pregunta: yo no cambié, sigo siendo el mismo, con las mismas dudas, la misma proyección hacia el cine. Cuando empiezo otra película intento identificarme mucho con lo que estoy haciendo y creer en eso.
Tiene un proyecto muy ambicioso de hacer una película llamada Nocturno. ¿Qué puede contar sobre esto?
Es el filme que sueño hacer y es un reto muy grande que tengo desde hace más de 10 años. Se llama Nocturno por el programa de radio que acompañó a varias generaciones de cubanos, que es una muestra de cómo la realidad ha ido cambiando y ese programa sigue ahí, eterno.
Tengo el argumento escrito: empieza en la Campaña de Alfabetización y termina hoy. Quisiera que el mismo día que esté filmando se expresara esa realidad. Por supuesto, dando saltos en el tiempo. Sería la historia de varios personajes, una película coral y muy difícil. No me voy de este mundo sin hacerla, pero no está fácil.

Viendo lo complicado de realizar el filme y que aún está solo en la fase inicial: ¿ha pensado en Nocturno como una especie de retirada, de última obra?
Nunca pienso en un final. Aunque lo voy a tener, por supuesto. Quisiera vivir tres mil años (risas). Diría que es una película resumen de todo lo que he intentado expresar. Aún más en un momento como hoy, cuando siento que estamos viviendo contradicciones, conflictos políticos-sociales que vienen desde hace mucho tiempo, porque están generados por una historia, que se suele reducir a posiciones extremas y pienso cómo el arte tiene que tratar de buscar lo complejo, por eso quiero hacer una obra como testimonio de mi actitud frente a Cuba.
¿Cuándo se estrena su última película: Riquimbili o el mundo de Nelsito?
Pienso que estará en el Festival de Cine Latinoamericano, que es un buen momento, pero muy circunstancial. Quisiera que se exhibiera en tiempos normales para tener una mejor percepción de la reacción del público.
El cine cubano y Fernado: “El buen arte se focaliza en las realidades y adelanta las cosas”#

Usted formó parte del grupo de cineastas que impulsaron hace más de una década un debate sobre la Ley de Cine, el cine independiente, la censura, entre otros problemas del séptimo arte en Cuba. ¿Cuánto se ha avanzado en los últimos años? ¿Cuánto falta por lograr?
Lo que más se ha quedado conmigo de ese fenómeno que has contado muy bien en tu pregunta ha sido el proceso. El hecho más importante es que se creó una Asamblea de Cineastas al margen de las instituciones. Eso fue un fenómeno ejemplar, porque fue espontáneo y confluyeron los cineastas de todas las generaciones.
La Asamblea nunca se institucionalizó, siempre guardó su independencia. Durante más de cinco años batalló por lograr el reconocimiento del cine independiente y que hubiera una legislación armónica con la realidad.
Se aspiraba a llegar a una Ley de Cine, que regularía –no controlaría– un fenómeno que vivía de una manera esquizofrénica: estaba ahí pero no se reconocía; existía, pero no se veía.
Fue largo y se lograron algunas cosas como el Registro del Cineasta Independiente o el Fondo de Fomento.
Pero la Asamblea desapareció, volvimos a lo de antes. Como hecho histórico fue fundamental. Siempre voté para que la Asamblea siguiera. La realidad se ha complejizado más, nada tiene que ser permanente porque todo cambia. Continuamos en esa madeja de evolución, discusiones y transformaciones.
¿Ha sentido alguna vez la presión de la censura en sus obras?
Directamente no, tengo que ser sincero. Sí sentí los prejuicios con las películas a la hora de ponerlas. Con Suite Habana había mucho prejuicio. Me decepcionó que Últimos días en La Habana (2016) se estrenó en los cines y luego no se puso más, que es una manera de silenciarla. Sin embargo, justo después que ocurrió el 11 de julio la transmitieron en la televisión. Eso en vez de llenarme de orgullo, me decepcionó, porque no fue auténtico. ¿Por qué hay que esperar a que la gente se tire a la calle para reconocer que los problemas existen?
Ocurrió también con el documental sobre la gira de Silvio Rodríguez que presenté en el Chaplin (Canción de barrio, dirigido por Alejandro Ramírez, estrenado en 2014). Lo pusieron solo una vez en la Cinemateca. Después del 11J lo sacaron en la TV. ¿Por qué se silenció ese documental?
Por otro lado, me demuestra que el buen arte se focaliza en las realidades y adelanta las cosas, por eso es importante mantener la creación artística en el espíritu de una nación.

Fue director de la Muestra Joven durante tres años, desde 2010 hasta 2012, cuando renunció por un desacuerdo con las autoridades del ICAIC debido a la censura de un documental. Los problemas con la Muestra han continuado hasta casi extinguirla…
Oficialmente no se ha dicho nada, pero es evidente que la Muestra ha desaparecido, esa es la realidad.
La Muestra era el punto de reunión y de confrontación de los jóvenes interesados en el cine. El edificio del ICAIC en 23 y 12 se reanimaba, adquiría otros colores, respiraba otro aire. Para un joven ver su película en la pantalla del Chaplin era algo grande.
Un año sí y otro no había problemas con las películas. Cuando entré hubo tremenda discusión con el documental sobre Los Aldeanos [Revolution, Mayckell Pedrero, 2009]. Lo retiraron, pero al final logramos que se pusiera. Eso demostró que se podían poner las cosas.
Al año siguiente no hubo problemas, pero al otro presentaron un documental que el comité de selección aprobó para discutirlo. Era muy interesante, también trataba sobre música [Despertar, 2012, sobre el rapero Raudel Collazo, del grupo Escuadrón Patriota]. De pronto se pidió que no lo pusiéramos. Fueron larguísimas discusiones y al final mantuve el principio de que no podía existir una Muestra si quienes la dirigíamos no podíamos desarrollar el criterio y el perfil que quisiéramos.
¿Qué se logró? Todo es contradicción en la vida. También yo sentía que la Muestra tenía que ser dirigida por los jóvenes. Cuando estaba de presidente dije que el comité de selección y el diario de la Muestra (Bisiesto), solo podían estar compuestos por cineastas, críticos y periodistas jóvenes. Con mi renuncia se logró eso, que la muestra la dirigieran un grupo de cinco jóvenes.
Cuando el caso de *Sueños al pairo (*José Luis Aparicio, 2021, también sobre un músico: el trovador Mike Porcel), sucedió lo mismo que cuando yo estaba de director: se demostró que ellos no podían continuar.
Esta es la historia cotidiana de cómo no se entiende la necesaria diversidad de las proyecciones cinematográficas. Regular la exhibición es una cuestión importante, porque también se han puesto películas que son críticas y fuertes. ¿Por qué algunas películas sí y otras no? ¿Quién está detrás de la censura? La censura normalmente no tiene rostro, responde a una mentalidad, que siempre resurge cuando menos te lo esperas.
¿Qué opinión tiene sobre la obra de la nueva generación de cineastas cubanos? Algunos títulos o figuras que quiera resaltar.
Tengo una relación muy personal con Miguel Coyula desde que estaba en la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños. Acostumbro a decirle que él es el más cineasta de todos nosotros, porque lo hace todo. Ahí está la obra de él, que puede gustar más o menos, pero tiene una imagen de la puesta en escena que lo personaliza muchísimo.
No los menciono a todos porque no quiero olvidar a ninguno. Hay muchos como Carlitos Quintela o Carlos Lechuga, a quienes he conocido a lo largo de la Muestra Joven.
Cuba y Fernando: “El cambio tiene que suceder porque es ley de vida”#

En el 2020 participó en el 27N, una manifestación que ha definido como “poética” y como una fecha importante para Cuba. Sin embargo, varios de los jóvenes artistas que estuvieron ese día han sido exiliados, silenciados… y poco o nada se ha cumplido de sus reclamos: ¿Qué debe suceder para lograr cambios significativos en las políticas culturales en Cuba y para que se reconozca realmente la libertad de expresión?
El 27N va a quedar y me siento muy orgulloso de haber estado ahí presente. Quedará como una chispa en la historia que prometía llegar al horizonte de un país abierto al que piensa diferente, para que no se le recrimine ni se le fusile mediáticamente.
Pero no pasó y estamos ante una situación que no parece que eso vaya a ocurrir, porque cada vez más conozco jóvenes que se van o dejan de participar porque no creen.
Pienso que no es responsabilidad de esos jóvenes, es el Estado cubano el que tiene que preguntarse por qué los jóvenes están actuando así, por qué se van o no quieren participar. Está contribuyendo a que la situación se haga más tensa, a que haya espacios para la deserción y para la no participación, y así el horizonte se aleja cada vez más.
A pesar de eso, los jóvenes van a traer el cambio. La justicia poética que la vida determina se puede retrasar, pero no detener. Nada es eterno, excepto el cambio.
¿Qué piensa sobre la constante emigración de jóvenes cubanos?
Complicado, pero a lo largo de mi vida he entendido que debemos ser realistas. Siento que hay mucho talento fértil, y esto no es un falso optimismo.
Siempre hay una renovación. Recuerdo cuando nacieron revistas independientes como Periodismo de Barrio (2015) o El Estornudo (2016), que yo les daba una entrevista en un parque a muchachos recién graduados o estudiantes. Hoy son periodistas que hacen buen periodismo. En Cuba hay mucho talento y los que emigran lo continúan en otros países.
Por ejemplo, dos jóvenes que estuvieron conmigo en Riquimbili… Daniel Alemán, a cargo de los efectos digitales, y Raúl Prado, el director de fotografía, emigraron apenas unos días después de filmar el último plano. Para mí son dos talentos que Cuba pierde, dos muchachos sensibles que son un tesoro para este país. Fue un poco triste que ocurriera así, pero es el momento que estamos viviendo.
Muchos jóvenes quieren abrirse camino con la libertad de movimiento que no encuentran en Cuba, porque pueden llegar solamente hasta donde se les permite. Otros también se van por razones políticas, porque quieren tener su propio espacio. Cada joven que se va es algo que perdemos. No debería ser así y hay que actuar sobre eso. Siento que la situación se complica más porque no hay respuestas. Me entristece realmente, pero al mismo tiempo me anima ver que siempre hay una renovación.

¿Alguna vez pensó en emigrar?
Una vez me desperté en Alemania, estaba de lo mejor, tenía de todo, pero puse los pies en el piso de madera y tuve una sensación que no es desagradable, pero no es la mía de todos los días…. ¡Tremendo silencio! Estaba como en una cámara vacía. Deseaba que algún perro ladrara, que alguien gritara: “¡Cuca, el motor!” (risas). Tampoco es que me guste el ruido de La Habana, que es espantoso. Viví en una zona de Playa que era candela. Las 24 horas del día ponían Voy a publicar tu foto en la prensa. Eso yo lo puse en Madagascar al principio. Tampoco quiero eso, pero es mi costumbre.
Tengo que ser sincero, siempre he dicho: “Esto está jodido, pero yo quiero estar aquí”. No me imagino viviendo en otro país. También es la edad y lo que me tocó vivir. De hecho, tengo una relación con una cineasta alemana, Claudia, desde hace muchos años. Yo estoy aquí y ella allá. A ella le es muy difícil vivir aquí y a mí me resulta muy difícil vivir allá. Estoy haciendo confesiones personales en esta entrevista porque me caíste muy bien (risas).
Donde único me he podido sentir un poco mejor fuera de Cuba, que he estado tres meses y podría estar más, es en Valencia, donde vive mi hija y también he llevado a Susanita [su otra hija]. Es una ciudad donde me gusta estar.

He notado que hace poco se hizo algunos tatuajes. ¿Qué lo motivó?
En medio de la pandemia estaba en casa de Haydée Milanés y le dije: “Quiero hacerme un tatuaje”. Me llevó a La Marca, en La Habana Vieja, para que Robertico Ramos me hiciera el tatuaje. Aquello me fascinó. No aspiro a hacerme tatuajes que me cubran todo el cuerpo, porque además nunca me los hubiera hecho, solo algo minimalista y con lo que me identifique. Hubo una mañana que me desperté y dije: “Tengo ganas de tatuarme”, y nada, me lo hice.
Una anécdota simpática fue en el elevador del edificio con una señora y un muchacho. Me pregunta la señora: “¿Fernando, por qué se hizo ese tatuaje? Y le respondo: “¿Qué problema tiene? ¿Está feo?”. Entonces me contesta: “¿Pero qué edad usted tiene?”. “78 años”, le digo. Y salta el muchacho: “¡Puro, verdad que usted sí es un moderno!”.

¿En qué cree Fernando Pérez?
Creo en otras dimensiones. A mí la definición religiosa no me gusta, porque como otras cosas se puede convertir en fanatismo o dogma. Me crié en una escuela católica. Iba a misa, aunque eso no formaba parte de mí como una necesidad.
Cuando triunfa la Revolución evoluciono a ser más materialista, empecé a leer el marxismo sin llegar a ser ateo. Siempre he sentido que hay algo que no tiene que ver con ese Dios con barba, sino que hay fuerzas misteriosas, como cuando uno mira el firmamento y piensa: “¿Quién soy yo?”. Estuve en el desierto del Sahara y cuando vi la noche dije: “Ay, Dios mío”. El cosmos, las fuerzas universales…
No tenía práctica religiosa de ningún tipo y estando en Chile, haciendo la serie sobre hechos parapsicológicos (Y si fuera cierto, 1996), grabamos varios episodios con testimonios interesantes. Entonces pensé que necesitábamos hacer un programa donde el hecho estuviera ocurriendo.
Fuimos a filmar con un cartomántico que si le llevabas la foto de una persona, él te decía todo sobre ella. Entonces pensamos hacer un capítulo donde yo me sometiera a esa prueba, porque llevaba solo tres meses en Chile y nadie me conocía.
Antes de entrar al lugar muestro la foto de los tres hijos y doy los nombres: Frank Ernesto, Susana y Ana Victoria, que le decimos “Bebé”.
En ese momento mi hijo se había sacado el bombo y yo estaba con esa inquietud. Subimos y él empezó con Frank Ernesto diciendo que tiene un viaje a los Estados Unidos y me dice que tiene que hacer ese viaje. Yo decía: “Me está leyendo el pensamiento”.
Luego menciona el nombre de Susana y empieza a decirme cosas de Susana que yo no me imaginé que iban a pasar y pasaron. Susana está con tratamiento. No quisiera hablar de eso. Pero todo ocurrió.
Eso cambió mi vida. Porque me confirmó cosas. Hay algo más que yo no sé lo que es y no es religioso. Hay un destino. No lo puedes cambiar. Hay gente que ve el destino, hay gente que tiene el don de la mediumnidad.
Después de ahí se creó un conflicto porque mucha gente no lo creía. Cuando vi que ocurrió todo eso con mi hija… No vi más al cartomántico porque no he vuelto a Chile.
En momentos en que no sabía qué hacer porque los tratamientos con Susana fueron erráticos, por esa cosa de la ciencia enfrentada a un tema tan interno como tus angustias existenciales, me recomendaron ver a santeros: uno, dos, tres y ninguno era igual al cartomántico chileno. Hasta que encontré a Nandy, en Centro Habana.
Él sí tenía el don de la mediumnidad, de poder ver lo que te va a pasar. Hicimos una buena comunicación. Lo iba a ver de vez en cuando. Nunca para preguntarle cosas del trabajo, porque no me podía convertir en un fanático, pero sí para preguntarle sobre mi hija.
Le consultaba: “¿Me la puedo llevar en un viaje?”, y él me decía sí o no. Todo me lo decía. Él falleció hace tres años. Poco antes de morir me hizo esto (toma un collar de la religión Yoruba en la mano). Él era práctico, me decía: “Fernando, yo no voy a hacer que te vistas de blanco, tú eres una figura pública y eso va a ser una presión para ti. Esto sí, póntelo” (se refiera al collar). Nandy dejó un sustituto pero yo no lo he ido a ver.
[Silencio]
Coño, esto yo no se lo cuento a nadie y te lo estoy contando a ti. Pero bueno, no importa. Yo guardo esa relación mental con él o al menos lo creo así.
No soy religioso, pero sí creo que hay cosas que van más allá de la explicación material exacta y científica.
Antes del Big Bang, ¿qué somos? Somos polvo de estrella, esa es la explicación a tantas preguntas que uno se hace.

¿Qué cree sobre la Cuba que está viviendo actualmente?
Pienso que estamos en un momento de crisis muy fuerte, porque creo que hay un proyecto de país que tiene el Gobierno que va por una línea y la realidad va por otra. Entonces, para que ese proyecto pueda ser viable, se tiene que abrir a lo que la realidad está determinando, que es la diversidad de manifestaciones, distintas miradas que traen varias generaciones de jóvenes. Siento que esa dinámica no está y eso me quita el sueño.
La realidad del mundo más allá de Cuba es muy compleja, pero nosotros no podemos estar mirando en una sola dirección y hace falta que algo ocurra, no sé cómo va a ocurrir. A pesar de todo, sí creo que los jóvenes traen el cambio, porque es necesario. Se van a equivocar, pero el cambio tiene que suceder porque es ley de vida. No lo pueden retrasar más y es lo que estoy tratando de expresar en mis películas. Quienes tienen la posibilidad de favorecer ese cambio desde la dirección del país lo demoran mucho, por eso entiendo que haya muchos jóvenes en posiciones muy radicales, que dejan de creer en un posible diálogo.
Cuando participé en el 27N –no para ser mediador, sino porque quería apoyarlo– sentí que las puertas se podían abrir, que iba a ocurrir un diálogo dentro de la diversidad. Pero no fue. Los intentos han sido fallidos.
Entonces, eso ha traído que los jóvenes se radicalicen, se vayan, no crean lo que les dicen. Ese cambio no debe ser nunca de una manera violenta, pero la historia no se equivoca, la vida va hacia eso y dondequiera que esté voy a estar al lado de ese cambio.
El decursar de la historia es cíclico. En los años 60 pensaba que íbamos a crear una sociedad más justa, que la historia iba en línea ascendente. Hoy estoy seguro que la historia no va así, pero va en espiral y las ideas de los años 60 no eran solamente en Cuba, eran los hippies en Estados Unidos, Mayo del 68, la Tricontinental, el mundo virado al revés para buscar más justicia. Esas ideas volverán, no con “ismos”, porque las ideologías, las religiones y las filosofías corren el riesgo de convertirse en dogmas, en fanatismos, pero las ideas no. Pienso que un joven de hoy quiere lo mismo que yo cuando era joven. Pero sin “ismos”, que es donde se jode la cosa.
*Esta entrevista se hizo gracias a la colaboración de Javier Rodríguez Perera.
¿Cuáles son las películas favoritas de Fernando Pérez? ¿Qué significan sus tatuajes? Mira todas sus respuestas al Cuestionario Fonoma:
Fonoma es un servicio de recargas a Cuba:

