- Capítulo #2 de la serie de Fonoma: “Artistas”
Cuando Daymé Arocena era niña soñaba con cantar en una banda, quería ser reconocida en Cuba para después, a sus treinta y tantos años, intentar una carrera como solista. Soñaba recorrer el mundo con sus canciones, que la entrevistaran en el inglés que sonaba en su cabeza.
“Mis padres tuvieron que lidiar con eso, porque no me callaba, lo único que quería era cantar todo el día y a toda hora. Desde muy chiquitica estaba predestinada a cantar. Soy lo que soy desde siempre”, confiesa.
Daymé Arocena tiene tres discos — Nueva Era (2015), Cubafonía (2017) y Sonorocardiograma (2019) — ha recorrido más de 20 países con sus canciones, ganó el premio Juno 2015 al mejor álbum de jazz como miembro del proyecto Maqueque, dirigido por la saxofonista canadiense Jane Bunnett. Su primer disco estuvo entre los 50 mejores de 2015, según la National Public Radio de Estados Unidos. Los críticos la consideran como una de las mejores cantantes de Cuba y tiene, a la fecha de hoy, 29 años.
Desde su casa en Toronto, Canadá, conversó por videollamada con Fonoma Blog .
Daymé#

“Mi primera infancia la recuerdo a base de faroles y mucha rumba. Cuando nací en 1992 hice el número catorce, pero originalmente eran 22 en un apartamentico muy pequeño en un pasillo de Santo Suárez, que tenía dos cuartos y un baño. Crecí viendo a mi familia cantando y bailando rumba. Cada vez que se iba la luz, esa era la alegría de la casa. Entonces creo que soy la combinación de todo eso: el sonido de Earth, Wind and Fire del lado de mi padre, la rumba de mi mamá y los boleros de mi abuela. Ese choque cultural es súper interesante para mí y resume bastante el resultado de lo que soy en la adultez”, cuenta Daymé.
A los sonidos de su infancia se suman los que aprendió cuando comenzó a estudiar música.
“Me gradué de Dirección Coral en el año 2011, y aunque hay personas que pasan por las escuelas y no disfrutan el proceso, yo disfruté mucho estudiar a Bach y Mozart, y eso también está implícito en mí”.
En el conservatorio Amadeo Roldán, un amigo le comentó que estaban en busca de una cantante para la Big Band de la escuela.
“No sabía ni lo que era una big band, pero le dije: ‘vamos, que ahí mismo estoy’. Tenía 15 años. Poco después estaba cantando con ellos en un montón de eventos. El 80 por ciento de todos mis conocimientos jazzísticos se los debo a ellos. Esa era una generación que me antecedía, cuando se graduaron yo estaba en primero y me quedé solita”.
Sin embargo, Daymé ya no se imaginaba sin una banda, sin hacer jazz. Junto a otros amigos de la escuela creó el grupo Sursum Corda, un proyecto experimental donde todos ponían la música que les pasaba por la cabeza.
Después llegó Alami. “Ese fue mi sueño dorado. Me percataba que éramos muy pocas las mujeres que estaban interesadas por el jazz, había un vacío, comercialmente hablando, y mucho miedo. El jazz te pone en territorio incierto: ‘me voy a subir a una jam a pasar la pena del siglo, pero no me importa’, porque el jazz necesita de esa práctica desprejuiciada de subirte a tocar donde sea y ponerle el corazón”.
Alami se convirtió en un proyecto hermoso y difícil. No bastaba con que existieran mujeres jazzistas con ganas de hacer música. Para que eso ocurriera tenían que pertenecer a una empresa artística. “En Cuba no existe la libertad de tocar donde tú quieras. Si eso fuera posible, seguramente no hubiésemos sufrido tanto. Nosotras fuimos a tres audiciones para entrar a la empresa y nos dijeron que no”.
La agrupación ganó un poco de visibilidad cuando Daymé se presentó al concurso JoJazz, y llevó a las muchachas como banda acompañante. Recibió una mención que les permitió subirse a un escenario y cobrar algo de dinero.
Gracias a ello, también pudieron tocar en el Festival Jazz Plaza 2013, conocer a Jane Bunnett y formar parte de su proyecto Maqueque. De esta forma, comenzaba un nuevo camino para ella, y Alami poco a poco se fue desmoronando.
“La razón principal creo fue la prohibición de tocar y hacer la música que cada una de nosotras quería. Eso debería estar escrito en algún lado como una violación: no se le puede prohibir a la gente soñar”.
Canciones que cambian la vida#

En ese tiempo, Daymé estaba feliz con Maqueque, había decidido coronarse Osha y probar suerte fuera de la Isla. Cuando se hizo santo, el mensaje fue claro: “me dijeron en ita male que no me fuera, porque las respuestas que estaba buscando las encontraría en Cuba”. Les hizo caso.
“Un mes después de coronarme me llamó Yoana Grass — productora en la industria musical, y quien después se convirtió en su manager — para decirme que estaban buscando cantantes para un proyecto de Havana Cultura, que unía a DJs del mundo con músicos de Cuba. Si me elegían podía cantar en ese disco y me pagarían 100 CUC por tema. Yo me puse loca, porque para mí 100 CUC en aquel momento era tanto, tanto dinero”.
Audicionó con una canción propia y la seleccionaron para participar en cuatro de los diez temas del disco. “En ese momento lo que vino a mi cabeza fueron 400 CUC y me dije: ‘lo primero que voy a hacer es tomarme un helado en el Habana Libre”, se ríe muchísimo mientras recuerda ese momento.

A partir de aquí su vida cambió. Al regresar de la primera gira con Maqueque, recibió un correo con una invitación para cantar en Londres.
Llegó a esa ciudad sola y no entendía por qué, hasta que el día del concierto Gilles Peterson — productor y dueño de Brownswood Recordings — dijo: “Esta muchacha que van a ver ahora la hemos traído como invitada especial al lanzamiento del disco, porque cuando se hizo la audición, los diez DJs votaron para tocar con ella y tuvimos que elegir solo cuatro, porque no podíamos hacer un álbum entero con una sola cantante”.
Después del concierto, le preguntaron si prefería conocer la ciudad o ir a un estudio. “Le dije: ‘¿Tú sabes lo que es un estudio de grabación para mí? ¡Oro molido!’. Cuando llegué me senté al piano y comencé a grabar canciones mías, ellos no podían creer que yo tuviera escritas tantas canciones, y me dijeron: ‘espera, ¿tú quieres firmar un contrato discográfico con nosotros ahora mismo? Te cambiamos el pasaje, te buscamos los músicos y haces un disco?’. Así nació Nueva Era y mi carrera en solitario, guiada un poco por los espíritus, los ancestros y por todas las cosas que me acompañan”.
De esta manera firmó un contrato discográfico con Brownswood Recordings y desde entonces no ha parado de hacer nueva música.
“Después llegó Cubafonía, que me lo pensé tan bonito. Se concibió y se gozó tanto, fue un disco que vino a confirmar los pasos que había dado con Nueva Era. Luego fue el momento de Sonorocardiograma, pues quería hacer un álbum sincero, que sonara a mí, a lo que me pasa por la cabeza, a la música que me brota por las venas y ese sueño lo cumplí con este disco. Pero lo hice a medias, porque se lanzó en septiembre de 2019 y solo tuvo una primera gira. Vino el Covid y lo frenó todo”.

¿Dónde crees que radica tu éxito? ¿Qué te diferencia del resto de jazzistas de la Isla?
Creo que me distingue llevar una carrera hasta hoy como cantautora. En el jazz, en sentido general, la gente es más de hacer un arreglo de My funny Valentine; o una versión a voz y saxofón de Bye bye black bird. Hay gente que le cuesta seguirte la corriente, porque tu música es muy contemporánea. Una de mis grandes inspiraciones en la composición es Marta Valdés, y decidí desde hace mucho tiempo que quería cantar mis canciones.
En cuanto al éxito, eso es realmente subjetivo. Encuentro el éxito en la gente que canta mis canciones, que me manda videos bailando La Rumba me llamo yo. Esas son las cosas que a mí me matan.
¿Pensaste que alguna vez tu voz se colaría en tantos lugares del mundo?
Sí y no, porque desde chiquita soñé con todo esto. Pero de pronto es increíble verme en portadas de revistas o en espacios a los que han llegado muy pocos cubanos. Sobre todo, cantando este tipo de música que hago, porque el reguetón está labrando otro tipo de camino y tiene otra repercusión. Pero aferrada a la música que hago es bastante inusual tener esta visibilidad, y eso me hace sentir muy bien.
¿Hay algún proyecto en mente?
Estoy súper enganchada con mi proyecto audiovisual junto a mi esposo Pablo Reyes, ALAFIAfilms, un espacio que une artes visuales, body painting, videoarte y música. Ahora estamos inmersos en la la filmación de un documental de mujeres en la percusión. Esto me tiene emocionada, creo que es un tema interesante.
Por otro lado, es una etapa muy compleja por la pandemia, pero sí estamos cocinando un nuevo disco. El álbum es una consecuencia de la cuarentena prolongada, de estar encerrada en casa y reflexionar sobre varios fenómenos.
Yo no tenía una conciencia real de la violencia de género, de la situación de Cuba, de las enfermedades mentales. En Canadá hay mucha depresión. He aprendido un poco, porque en mi país no se habla del tema. El disco va a ser la repuesta a esos problemas sociales, y estoy súper feliz, porque musicalmente creo que será muy bonito. Tiene un color más pop, siempre va a sonar a mí: afro, jazzístico; pero el lenguaje musical va a ser más diáfano para quienes no son conocedores o amantes del género.
Mientras ese álbum se materializa, Daymé sigue soñando música. A cada rato, vuelve a su infancia y adolescencia, a la casa oscura y bulliciosa de los años 90, donde junto a su familia reía, cantaba y bailaba su primera rumba. Regresa a la voz de su mamá diciéndole: “Tú canta, canta donde quiera, canta bien, ponle el corazón siempre, que tú no sabes quién te está mirando”.
Fonoma es un servicio de recargas a Cuba:
Fonoma - Dayme Arrocena, auténtica voz femenina del jazz cubano y universal
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