A finales de los años 80, a mi madre la enviaron a la
Dirección de Transportes de La Habana para hacer un
reportaje sobre la situación del transporte público. Como
no era el sector que habitualmente trabajaba, antes de hacer las
preguntas que llevaba hizo un recorrido previo por los diferentes
departamentos, para familiarizarse con la temática.
Cuando ella atravesaba el patio del centro, le presentaron a un ingeniero
joven, de una treintena de años. Según le dijeron, era el principal
gestor de una iniciativa que ayudaría a resolver el problema del
transporte en la ciudad. Muy interesada, escuchó los comentarios del
ingeniero sobre un nuevo vehículo, fruto del ingenio cubano, y que
como máximo transportaría unos 250 pasajeros.
Sin saberlo, mi madre estaba asistiendo al nacimiento del “camello”, como la gracia popular bautizara esos vehículos por su forma peculiar. Pero sus creadores lo nombraron Metrobús.

Si ahora es difícil, en determinados horarios, descender de uno de los ómnibus que circulan por las calles habaneras, hacerlo desde un camello desafiaba cualquiera de las leyes de la física y la gravedad. En un medio de transporte donde la inmensa mayoría viajaba de pie — nada más tenía 58 asientos — , no sólo había que sortear el obstáculo de otros cuerpos humanos, sino además mochilas, cajas, maletas y bultos de todo tipo. De la variadísima gama de olores, mejor no acordarse.
A eso se añadía que, por su ubicación en un cubículo delantero, el chofer no podía escuchar a los pasajeros que le gritaban: “¡La puerta! ¡Abre la puerta!”, cuando querían bajarse. ¡Y pobre de aquel viajero que era golpeado por una de esas estrechas y filosas salidas!
El camello “nació” en respuesta a la escasez de combustible a principios de los años 90, pleno Período Especial . Conformado por dos autobuses unidos entre sí, sobre un trailer de camión de 18 ruedas, contaba con varias puertas de acceso en sus diferentes niveles. La parte acoplada con la quinta rueda de la cuña tractora, llamada por el público “el balcón” o “barbacoa”, se convirtió en la zona más codiciada por los pasajeros, debido a su menor incomodidad.
Por un precio de 20 centavos, uno podía trasladarse durante esos difíciles tiempos a través de casi toda La Habana utilizando los servicios de las siete líneas del camello, que recorrían largas distancias.

Como ocurre tantas veces, la realidad superó a la ficción. Bien lejos estaba aquel joven ingeniero de imaginar que los nuevos vehículos transportarían hasta 400 personas en un clima tan tropical como el nuestro.
Los camellos fueron sustituidos por modernos ómnibus en 2008, y aunque ruidosos, incómodos y saltadores, es innegable que le confirieron un toque pintoresco al paisaje urbano habanero.
¿Alguna vez estuviste a bordo de esta “criatura urbana”? Siendo un ejemplo de la inventiva cubana, los camellos han quedado como un vívido recuerdo para muchos. ¡Cuéntanos!
