- Capítulo #17 de la serie Fonoma Talks
Su papá se sentó en el sofá y bajó la cabeza. La mamá tampoco logró convencerla y luego de la discusión de turno vio a su hija salir a la calle, una vez más, con los labios pintados de rojo.
Mía sospechaba que la entenderían tarde o temprano y, mientras tanto, intentaba seguir firme y disfrutar del proceso: su cabello estaba creciendo, las hormonas estaban haciendo efecto y empezaba a sentirse a gusto frente al espejo. Nadie podría privarla de eso…
“Después comprendí que, más que prejuicios, mis padres tenían miedo de lo que pudiera pasarle a su «hijo» adolescente en la calle, vestido de mujer. Les aterraba lo que pudieran decirme o hacerme, y temían con razón”.

Antes de mostrar públicamente sus experiencias como mujer trans, y antes de tener miles de seguidores que la admiran precisamente por ello, Mía fue una persona de 12 años a la que otros ofendían por intentar ser feliz. En los años siguientes tuvo que dejar la escuela, explicar mil veces lo mismo y armarse una coraza.
Luego comenzó a crear contenido para redes sociales, “y aunque al principio disfrutaba educar a la gente, llega un punto en el que no tienes nada más que explicar. Ya hay demasiada información”.
“Lo trans es parte de mí y seguiré contando mi historia, pero sin esforzarme por cambiar la mentalidad de nadie. El problema no lo tengo yo, sino quienes discriminan a otros. Que se las arreglen ellos con sus prejuicios” –me dice.
La enfermería no fue sana#

Mía ha dado guerra, pero no es activista, dice que no le interesa cambiar al mundo y, aunque varios medios la han catalogado como una voz autorizada del movimiento LGTBQ+ en Cuba, asegura que todo lo que ha hecho, ha sido por ella misma.
Su primera gran batalla empezó en 2019, cuando escogió la carrera de enfermería pensando que allí todo sería más fácil.
“Ese era el lugar seguro que había encontrado mi mente para continuar con mi transición. Como la enfermería es parte del área de la salud pensé que estarían preparados para entender y lidiar con una estudiante trans, pero resultó el momento de mi vida en el que recibí más acoso”.

Recuerda su lucha en el aula con algunos profesores. A veces no la dejaban entrar, aludiendo a su pelo o a las uñas. En otras ocasiones la llamaban por el nombre que le asignaron sus padres, a pesar de las tantas veces que les comentó cuanto la incomodaba.
“Yo ni siquiera pedía que me dijeran «Mía». Podían decir «estudiante» o simplemente llamarme por mi número de lista. Hablé con ellos muchas veces y también lo hicieron algunas personas del CENESEX, pero no se resolvió mucho. Querían molestar”.
Después de pasar los primeros años de su carrera tratando de instruir, sin frutos, a varios de sus «educadores», Mía se dio por vencida y abandonó los estudios: “No se respetaba mi identidad, estaba viviendo en un ambiente muy tóxico y todo se complica más porque yo no me quedaba callada. Cuando hacían algo que me ofendía, me levantaba de mi silla y «los mandaba lejos». Por eso te digo que si algo no soy, es víctima. Siempre me he defendido”.

También algunos amigos tuvieron problemas al interceder por ella. Sonríe al hablar de uno que se paró en el aula y gritó: “Profe, respétela”.
“Con mis compañeros nunca tuve discusiones. Ellos me entendían y me aceptaban –recuerda Mía. El conflicto eran los profesores. Creo que la homofobia y la transfobia, están mucho más vinculadas a generaciones mayores, aunque puede existir en todas las edades”.
El derecho a una transición digna#

Su mayor herramienta contra el bullying es el espejo. Le gusta su cuerpo. Ama lo que ve. En las redes lo muestra constantemente, orgullosa. Le ha costado años llegar a ese grado de satisfacción con su imagen.
“Recuerdo que antes de los senos, que han sido el cambio más grande, siempre dudaba al vestirme y ponerme un escote, porque no quería que se notara ese lado masculino. Siento que los procedimientos estéticos han sido clave para ganar seguridad como mujer y superar mi disforia”.
Mía habla de lo complicado que es para las mujeres trans acceder a cirugías estéticas y tratamientos hormonales en Cuba. Cuenta que ante la ausencia de los últimos, muchas chicas deciden tomarlos sin supervisión médica, poniendo en riesgo su salud y que por eso actualmente es muy cuidadosa al hablar de estos temas. No quiere recomendar nada que otras puedan tomar al pie de letra, porque sabe que hay muchas niñas trans siguiendo su contenido. La ven como un ejemplo y eso conlleva responsabilidad.

Aunque diga que habla solo por ella, se le ve constantemente en los medios y en sus redes sociales reclamando derechos que beneficiarían a toda una comunidad: que sea más fácil para una persona trans cambiarse el nombre y el sexo indicado en sus documentos legales, que haya una ley de género que la proteja de ir a una cárcel de hombres en caso de cometer un delito, que las personas trans puedan enfrentarse a a esa etapa de cambios físicos con acompañamiento y seguridad…
Tiene solo 20 años, pero investiga sobre género y responde de manera contundente a entrevistadores que, a propósito o no, la revictimizan con sus preguntas:
“¿Qué has tenido que sufrir tú por ser heterosexual?” –dijo en un podcast en el que le preguntaban por qué se celebra el mes del orgullo LGBTQ+, si no existe un «día del orgullo hetero».
“A mí me han gritado «maricón» desde los 12 años, me han violentado en muchos espacios, he pasado por mucho para mostrarme tal cual soy y justo por todo lo que he tenido que atravesar estoy orgullosa de ser una mujer trans. (…) El día del orgullo LGTB se trata de educar a la sociedad y alentar a quienes exigen sus derechos a pesar de los prejuicios, por eso hay que seguir celebrándolo”, le respondió a su interlocutor.
La Cuba de Mía#

Mía hace activismo, aunque no lo reconozca. Se muestra en Instagram tal cual es ante más de 60 mil personas, e inculca que la diversidad existe y que es necesaria. Habla con orgullo de otras chicas que están comenzando su transición, y da consejos siempre que le escriben, a pesar de que no se considera parte de un “movimiento”, porque dice que no existe aún uno representativo de las personas trans en Cuba.
Hace promoción para bares, tiendas, empresas. Su rostro es recurrente en la publicidad cubana actual y ha ayudado a normalizar que una mujer trans puede ser modelo, influencer, artista, lo que se proponga… Hace algunos años esto era impensable. Cuba está cambiando y ella es parte de ese cambio.
“El otro día hablaba con una amiga y le preguntaba si ya había completado su transición. Es algo que puede durar toda la vida, pero yo ya siento que terminé. Soy y me veo como soñé, me siento completa”, sonríe, y confieza cuánto le gustaría que otras chicas trans a su alrededor experimenten esa sensación que a ella tanto la llena.

Menciona muchas veces a mujeres que han sido sus paradigmas: Kiriam Gutiérrez, Mara Cifuentes, Malú, una de las primeras chicas trans de su natal Sancti Spíritus. Habla sin filtros, se burla del hate y dice que quiere empoderar palabras como travesti, maricón o puta, porque históricamente se han usado para ofender a personas con identidad de género u orientación sexual no normativas. Dice que al normalizar, reírse de esas palabras y utilizarlas de forma desenfadada se está asegurando de que cada vez puedan herir menos. Tiene en el cuello un tatuaje que dice “Bitch” (puta, en inglés), como exclamando, “lo soy, ¿y qué?”. Cuenta que la Cuba de sus sueños es una donde todos respeten a los demás y podamos “vibrar bien alto, con libertad para ser nosotros mismos”.
Hace ya varias semanas que esta periodista entrevistó a Mía. Pienso en mi primer escrito como estudiante, sobre Mónica, una chica trans de mi pueblo; en una entrevista que leí sobre Argelia Fellove, una mujer lesbiana que ha pasado por mucho, y a la que el reportero llama “una dura”, porque lo es. También recuerdo a amigos y amigas que han tenido que luchar contra la sociedad y sus prejuicios, y por supuesto, pienso en Mía, quien no ha transicionado sola, sino que ha convertido a su familia y a otros a miles de seguidores en seres humanos más respetuosos y, en fin, mejores. Mía Rochelle es grande. Mía Rochelle también es «una dura».
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